Asando una morcilla patatera en un volcán islandés

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Después de más de un año de pandemia y de un turismo prácticamente paralizado poco a poco algunos países comienzan a abrir sus fronteras para reactivar este sector tan importante para sus economías.

Es el caso de Islandia, con una población que no llega a los 400.000 habitantes y gran parte de ellos diseminados a lo largo y ancho del país viviendo en núcleos rurales o granjas apartadas unas de otras ha conseguido mantener a raya los contagios y añadido a un control efectivo en fronteras realizando pruebas PCR a todos los viajeros y con unas cuarentenas efectivas.

A fecha de hoy cualquiera que pueda demostrar el certificado de vacunación o bien tener anticuerpos mediante un análisis serológico puede entrar al país sin ningún tipo de problema, es mi caso personal, con anticuerpos desde el pasado septiembre en el que un primer test laboral lo demostró, 8 meses después aún los mantengo y fue ese el motivo que me empujó a volver, ya por quinta vez, unido a la erupción del volcán y la necesidad de gastar las vacaciones del año 2020.

Si bien antes existían vuelos directos desde Madrid y en poco más de 4 horas aterrizabas en Keflavik a fecha de hoy es necesario hacer escala y para llegar mínimo se va a alargar hasta las 10 horas o más, añadido a un precio superior.

A pesar de todos estos inconvenientes y sabiendo que cumplía los requisitos de entrada el día 15 tomé un vuelo con parada en Amsterdam y directamente en cuanto llegué tenía reservada una habitación en una casa del pueblo más cercano al volcán, en Grindavik, pueblo típico de pescadores, el tiempo que hacía era horrible, lluvia, frío, viento…pero aún así me acerqué a la zona del volcán donde ya las autoridades islandesas habían empezado a trabajar en un aparcamiento y una zona de control de seguridad, allí había una caravana con 2 autóctonos a los que pedí información para poder llegar y me dijo que estaba cerrado, que probablemente al día siguiente a las 10 el tiempo permitiría poder acceder por tanto aproveché las horas de luz que quedaban para poder dar una vuelta por el Geoparque de la península de Reykjanes, el faro, los acantilados, las zonas geotermales…

Y al día siguiente bien temprano, a las 5 hora española me levanté, preparé el desayuno mientras atendía una entrevista de Radio al programa “El mejor día de la semana” de Canal Extremadura y me dispuse a ir al volcán.

A 10 minutos de Grindavik aparqué el coche, cogí la mochila y caminando entre barro y piedras por un camino marcado con balizas entendí que me llevaría al volcán.

Fueron aproximadamente 4 ó 5 kms hasta que por fin desde lo alto de una montaña en el valle se empezó a ver los campos de lava recien expulsada y la erupción de uno de los cráteres.

Desde allí hasta llegar a los pies justo del volcán serían otros 10 o 15 minutos andando pero a medida que ibas bajando iban apareciendo el resto de cráteres activos, en total eran 4, bastante separados unos de otros y con diferente nivel de actividad.

Una vez llegas al límite de la lava, que no deja de ser ahora mismo el terreno más joven de la tierra, te acercas y comienzas a sentir el calor que desprende desde el interior, en algunas partes directamente estaba completamente solidificado pero en otras se oía crujir las piedras, el movimiento por el empuje de los rìos de lava y lo más sorprendente, la altura que tenía, desde el suelo antiguo hasta lo alto en algunos puntos podía haber 3 ó 4 metros de altura.

Después de recorrer alrededor gran parte de lo que era el nuevo terreno para intentar acercarme lo máximo posible a los cráteres y sin asumir un riesgo de que me pudiera pasar algo, porque estaba allí solo, no había nadie, sólo algún pájaro de los que vuelan, fueron 3 horas o más de poder disfrutar de esa maravilla única de la naturaleza y no tener palabras para poder definirlo, llegó la hora de subir del cielo del infierno, porque creo que es lo que más se asemeja había una morcilla patatera en la mochila esperando…

En el camino de ida ya encontré un sitio clave para poder asarla, un hueco entre la lava del tamaño de un horno y en el que la temperatura era bastante alta y que además al fondo se veía que había lava ardiendo aún y en movimiento, envolví la morcilla en papel de aluminio, saqué la bandera de Extremadura para usarla de mantel, la navaja, el whisky Estremeñu…y no tenía ni agua ni pan!

Pues nada, hay que apañarse con lo que hay, normalmente en Islandia el agua no es un problema, hay manantiales, arroyos, cascadas por todos lados…excepto, que casualidad… donde estaba, que solo había un charco y no me motivó mucho beber no fuera a ser que estuviera contaminado por algún resto del volcán…

Después de un par de minutos en el horno improvisado empezó a salir la pringue por todos lados y se prendió fuego, con miedo a provocar una nueva erupción fatalmente explosiva la saqué, la partí por la mitad y otra vez pa dentro para que se hiciera mejor.

Y nada, pues que me la zampé casi entera, allí solo quedó la tripa algún resto porque sin agua ni pan luego había que volver al coche y eso pesaba bien bien, abrí el whisky y de dos tragos ayudé a que el estómago pudiera centrifugar un poco.

En el camino de vuelta ya empecé a cruzarme con algunos turistas pero la experiencia de haber estado en un sitio así hace que se te olviden las miserias, los prejuicios y te des cuenta de lo que realmente importa, que el tiempo pasa, solo tenemos una vida y está para vivirla, pero sobre todo, para saber vivirla.

Un sueño cumplido y tachado de la lista de pendientes.

P.D.

El orgullo patrio extremeño de volver sano y salvo de esta batalla , con esa bandera tricolor regada por la pringue de ese honorable guarro que sacrificó su vida para que algún loco pudiera ahora contar estas licantinas…

Larga vida a los guarros de la Dehesa!

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